19 de julio de 2017

"El ángel esmeralda" de Don DeLillo

Desde hace la friolera de cuatro años, cuatro, "El ángel Esmeralda" está presente en este blog. Desde hace la friolera de cuatro años, NáN tristemente no actualiza su segundo blog "Semivago Procesional", donde nos hacía crónicas de los libros que iba leyendo. Así que si miras en los blog enlazados en la barra de la derecha, al final del todo, incluso por detrás de blogs que tal vez estén muertos y enterrados, está NáN y su crónica de "El ángel Esmeralda", el libro de relatos de Don DeLillo, escritos entre 1979 y 2011.

Un nuevo libro-Guadiana para mí. Por alguna razón,  en la estantería que hace de mesilla detrás de mi cama se apilaban varios libros sin terminar (relatos, ensayos). Por alguna razón, esta es una época de "hacer limpieza" y liberar a los pobres de esa sección para ordenarlos alfabéticamente por autor en la librería (por idioma, literatura/ensayo... clasificaciones que darían para un divague apasionante, lo sé).  Cuán Guadiana? se preguntarán algunos (no es el peor, aviso): el primer relato lo leí en Febrero de 2016. Ha llovido. Pienso en los libros que he terminado en este tiempo y los sitios donde he estado: igual esto es lo que mide mi tiempo. Si no, la vida sería difícil de cuantificar, aparte de por esas cosas que nos pasan sin decidirlas. Por lo menos, las lecturas y los viajes son nuestros. O eso creemos. 

La gente dice que estos relatos son oníricos (John Banville lo define como un "soñador elegante y subversivo de pesadillas actuales") y es cierto que al final no sabes si DeLillo te está contando una historia que pasó, o un sueño, pero qué diferencia hay? Algunos sueños son tan reales, que te despiertan y, al volver a dormirte sigues soñando lo mismo. A veces, si son de miedo, me aterra cerrar los ojos de nuevo porque sé que el malo me seguirá persiguiendo. Y algunos ratos así llamados reales son tan surrealistas que una no sabe si está soñando. La vida parece como una representación en sordina, como si tuvieras la cabeza dentro de una escafandra donde se ha hecho el vacío, y la vida se siente distorsionada, como si la estuvieras mirando desde fuera. Desrealización, es la palabra técnica. Luego está la depersonalización, que debe ser aún más desagradable, o eso dicen los que la han sufrido: tú eres el que te sientes irreal, tú eres el actor en el escenario.

El último de los relatos me hace pensar en Julio Cortázar, para mí creo que el mejor cuentista (aunque sí, leí todos sus relatos hace más de veinte años: es por eso? Ya no habrá otro Julio en mi vida?) Pero es que cómo olvidar el maravilloso "Manuscrito hallado en un bolsillo" (de Octaedro, 1974) al leer "The starveling", en el que un hombre medio persigue -siguiendo algún código particular, incapaz de explicar o razonar- a una mujer muy delgada por el metro y los autobuses de Nueva York, mientras ella se cambia de sesión diurna de cine a sesión diurna de cine. No es en sí misma una situación como de película de Buñuel, la gente que va a los cines diurnos? Cuando una corre al trabajo, y mira a la gente en los cafés, en los parques, en las tiendas, y se pregunta si son de atrezzo, qué hacen allí, cómo que no están corriendo en la rueda como el resto. Bueno, pues los que se sientan solos en una sala oscura de cine son ya la mascletá: quién es esa gente? Existen de verdad? Esa es la clase de escenarios que nos pone DeLillo, para que te metas en la extrañeza más pura, más que para saber si el chico y la chica al final se besan. 

Los dos adolescentes de otro relato ("Midnight in Dostoevsky") igualmente se preguntan por la identidad de un anciano desaseado que vaga por las calles, y aprovechan los recreos para seguirle, para competir entre ellos -como todo adolescente- sobre quien tiene las mejores ideas, para elucubrar si es el padre de su profesor, que tal vez sea ruso, porque lee a Dostoevsky en original.  Quién no se ha fascinado por la calle con una persona a la que ves de vez en cuando, a la que inventas un mundo, una vida. Aún hace eso la gente? Pienso en aquel chico tan joven al que veía en el parque infantil cuando Mini era pequeña. Primero con un bebé, luego con el niño en un patinete, siendo el terror de los columpios. El otro día, hacía siglos que no coincidíamos, pasó a mi lado en bici por la acera: su misma cara seria, casi de cabreo. Una bici negra, alta, de esas europeas de Amsterdam. Algún día le tendré que parar y decirle que le llevo casi 10 años siguiendo. 

Y las monjas del relato que da título al libro, siguiendo a los paupérrimos del Bronx, persiguiendo el cielo. Haciéndose preguntas sobre qué es el terror ahora, o si es en el fondo lo mismo de siempre, miedos viejos. La pérdida, pienso yo: el terror es la pérdida. 

Se me cierran los ojos mientras escribo esto. Y no sé si escribo o si estoy soñando. Un poco como me ha dejado DeLillo: en un limbo, que siempre imaginé blanco, pero este es oscuro, inquietante, lleno de búsqueda y preguntas. 

3 comentarios:

  1. A mi el Sr NaN
    también me metió el gusanillo
    de De Lillo.
    Mi problema es por donde empezar
    con qué libro comienzo.
    porque estoy seguro que un gatillazo
    me impedirá volverlo a intentar.

    Yo también echo en falta el semivago
    en donde descubrí
    a Montero Glez y a Galvez de
    Jorge Martinez Reverte

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  2. No he leido a De Lillo, pero esas sensaciones entre sueños y realidad, en las q viajas sin salir de tu cerebro son muy sugerentes.
    M lo apunto

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  3. TXELOS, ya le he dicho a Nan, q está de arcadia veraniega, resucite al Semivago y... sabes lo q me dice??? que se ha olvidado de la contrasenia!!!

    MARISA... no prometo nada al mezclar DeLillo con un cerebro funcional y saludable. :)

    love

    di

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